martes, 8 de febrero de 2011

La revolución democrática en el mundo árabe


por Fernando Mires

El título de este artículo invoca un concepto problemático: el de revolución. Para evitar discutir sobre ese punto, declaro de inmediato que estoy utilizándolo en su sentido más amplio: como sinónimo de cambio brusco de régimen y nada más. De régimen, entiéndase, no de sistema socioeconómico ni de nada parecido. Y si hablo de cambio de régimen me estoy refiriendo, por cierto, a una revolución política.

En los momentos en que redacto estas líneas está teniendo lugar una revolución política en algunos países del mundo árabe. Si se me pidiera más precisión diría, predominantemente política, y en un segundo lugar social, y quizás en un tercer lugar –no se sabe bien- económica. Con ello estoy afirmando que la palabra revolución es sólo el nombre de un apellido. Y el apellido de la revolución que presenciamos es política.

Pero, además, el título de este artículo invoca a un concepto tanto o más problemático que el de revolución: el de democracia.

Debo aclarar por lo tanto, que en la terminología historiográfica la caracterización de una revolución como democrática no tiene que ver con el hecho de que de ella surja una democracia o no (y la verdad es que pocas veces surge) sino de lo que niega una revolución. Ahora, las revoluciones árabes de los últimos días han surgido, sin lugar a dudas, como negación de largas y cruentas dictaduras. El concepto revolución democrática, quiero decir, es esencialmente negativo.

Por ejemplo, la revolución francesa fue llamada democrática porque negó una monarquía, pero ni los gobiernos de Robespierre ni de Napoleón fueron democráticos. La revolución rusa durante Kerensky fue llamada democrática porque negó al zarismo y no porque Kerensky ni mucho menos Lenin hubiesen construido una democracia. La revolución de Fidel Castro fue llamada al comienzo democrática porque derrocó al dictador Batista y sólo un ignorante podría decir que en Cuba surgió una democracia. Y así sucesivamente. Ni siquiera de la norteamericana de 1776 -si se toma en cuenta la supervivencia de la esclavitud- surgió inmediatamente una verdadera democracia política.

En cierto modo las revoluciones democráticas al ser realizadas contra gobiernos no democráticos anticipan un orden democrático pero casi nunca lo realizan. Seríamos muy injustos entonces con las naciones árabes si exigiéramos de ellas, después de la caída de algunos dictadores, la instauración de un orden democrático perfecto, el que apenas existe en Occidente. Ahora, lo que sí originan las revoluciones democráticas, son condiciones para que después de ellas, a veces mucho después, sean erigidas verdaderas democracias. Las revoluciones democráticas son, si se quiere, la base política desde donde surgen las democracias.

Hecha esta reflexión, corresponde ahora precisar el tipo de dictaduras contra las cuales se levantan las actuales revoluciones del mundo árabe. Para decirlo en breves palabras, ellas están siendo realizadas en contra de dictaduras “post-nasseristas”. Naturalmente me estoy refiriendo a la tradición inaugurada por quien fuera el máximo líder del mundo árabe: Gamal Abdel Nasser.

Nasser, miembro de la revolución militar que derribó al corrupto rey Faruk en 1952, erigió su gobierno después de desbancar al general de tendencias liberales Naguib, en 1953. Al nacionalizar el Canal de Suez -apoyado por la URSS y los EE UU en contra de Inglaterra y Francia- Nasser pasaría a convertirse en un líder nacional y arabista a la vez. El distanciamiento con respecto a los EE UU ocurrió cuando Nasser desarrolló una política de agresión hacia Israel. De este modo surgió aquel tipo de gobierno dictatorial llamado “nasserismo”, concepto utilizado por la politología tradicional para designar a dictaduras militares que reúnen los siguientes requisitos: militarismo, estatismo, nacionalismo, panarabismo, laicismo, socialismo ideológico, y adhesión al imperio soviético. En lo económico se caracterizaron por una gigantomanía expresada en megaproyectos industrialistas en el mejor estilo estaliniano, incluyendo deportaciones masivas y campos de concentración. A esa especie dictatorial pertenecieron entre otros Sadam Hussein en Irak, Hafez el Assad en Siria, Zine El Abidene Ben Alí en Tunez, Muammar al-Gaddafi en Libia, Alí Abdala Saleh en Yemen, Abedaliz Butefilka en Argelia, etcétera. En síntesis, todas esas dictaduras eran, en términos políticos, hijas de la Guerra Fría y, en términos económicos, hijas de la industria pesada.

Hoy, en plena globalización, la mayoría de las dictaduras “arabistas” han sobrevivido pero sin las condiciones históricas que les dieron origen, es decir, se han vuelto anacrónicas. Concientes de eso, algunas han experimentado ciertas mutaciones, pero sólo con el objetivo de permanecer en el poder. Por ejemplo, han realizado concesiones a quien durante mucho tiempo fuera su enemigo mortal: el islamismo radical. La dictadura egipcia fue más lejos aún: después de haber sido durante Nasser vanguardia regional en la lucha en contra de los EE UU e Israel, pasó a convertirse desde el periodo del predecesor de Mubarak, Anwar el-Sadat, en “el mejor nuevo amigo” de los EE UU e Israel.

De más está decir que para los ciudadanos de las “naciones postnasseristas”, más importante que los reacomodos geopolíticos de sus respectivos gobiernos ha sido la desmedida corrupción que ostentan, la ineficacia administrativa, los nepotismos y tendencias dinásticas y, sobre todo, la terrible represión ejercida en contra de opositores y disidentes. Para poner un ejemplo, en la mayoría de esas naciones existen universidades bien dotadas desde donde egresan profesionales que después no logran insertarse en la vida económica y civil puesto que tanto la economía como la política están asfixiadas por un Estado burocrático y militar. Eso explica que estudiantes y jóvenes profesionales han sido, si no la vanguardia social, por lo menos el detonante de la actual revolución democrática y popular. En términos generales, aquello que desean es liberar a la sociedad del peso del Estado.

Podemos pues afirmar que una de las olas de la revolución democrática de nuestro tiempo ha llegado a las arenas árabes. No es frase literaria. Quiero simplemente remarcar que las diferentes revoluciones democráticas, incluyendo a las árabes, pueden ser consideradas desde una perspectiva macrohistórica, como momentos de una sola revolución, una que comenzó con la Declaración de los Derechos Humanos en los EE UU y Francia, o quizás antes, con la revolución parlamentaria inglesa (1642-1689). Esa al menos era la idea de Tocqueville que desarrolló después Claude Lefort para mencionar la contradicción fundamental del siglo XX: la de totalitarismo–democracia (La invención democrática, Nueva Visión, Buenos Aires: 1984)

Al referirme a las olas de la revolución democrática estoy tomando, aunque sólo en parte, una propuesta de Samuel Huntington quien en su famoso libro La tercera ola, nos habla de diferentes oleadas democráticas (Paidós, Madrid: 1984).

La imagen de las “olas” es excelente. Corresponde muy bien al modo como ha tenido lugar la expansión democrática en la era moderna. Sin embargo, Huntington, al imaginar la periodización en forma de olas, se refiere no a las revoluciones democráticas sino a los diferentes procesos de democratización que han tenido lugar, lo que es algo diferente. De este modo, Huntington distingue tres grandes “olas democratizadoras”: 1828-1926; 1943-1962; 1974...

Ahora bien, la imagen de las “olas” puede ser extrapolada hacia las llamadas revoluciones democráticas. En ese sentido podríamos intentar una periodización algo diferente a la de Huntington; a saber, en lugar de tres, “clasificar” cinco grandes olas.

La primera ola habría tenido lugar a partir de las dos revoluciones democráticas fundadoras de la modernidad política: la norteamericana de 1776 y la francesa de 1789 cuyos influjos se expandieron de modo parcial a la España de las “Juntas” y aún más allá, hacia los países suramericanos en donde la revolución fue independentista, democrática en sus declaraciones y antidemocrática en la práctica (hegemonía de ejércitos oligárquicos).

Con Huntington es posible coincidir que a la primera ola democrática sucedió una fuerte contra-ola a la que aquí llamaré la contrarrevolución totalitaria, la que en su forma fascista y nazi tuvo lugar en Turquía, Japón, Italia y sobre todo Alemania; y, en su forma comunista, en la URSS y los países que después ocupó. En ese sentido, tanto el fascismo y/o el nazismo como el comunismo intentaron ser presentados por sus gestores como revoluciones, pero desde la perspectiva de la revolución democrática fueron las contrarrevoluciones más brutales que conoce la historia.

La segunda ola de la revolución democrática es posible localizarla en las revoluciones y democratizaciones que tuvieron lugar en Europa del Sur a mediados de los setenta del pasado siglo, particularmente en la Grecia de los coroneles, en el Portugal de Oliveira Salazar y en la España postfranquista.

La tercera ola tuvo lugar en las revoluciones democráticas de la URSS y de sus países satélites, sobre todo en Europa del Este y Central. A primera vista la revolución anticomunista fue iniciada a partir del ascenso de Michael Gorbachov al poder. Sin embargo, desde una perspectiva más amplia, esa revolución venía arrastrándose lentamente, comenzando en la sangrienta Hungría de 1956, en la Primavera de Praga de 1968, pero sobre todo en la Polonia de Solidarnosc. Como suele suceder, después de la revolución democrática ha seguido una ola si no contrarrevolucionaria, por lo menos, restauradora.

El “putinismo” (de Putin) representa en gran medida la contra-ola restauradora. Por lo menos intenta restaurar una noción estatista de la política, un personalismo extremadamente autoritario, amén de amenazas expansionistas en contra de países que pertenecieron a la ex URSS. En los países políticamente menos desarrollados de Europa del Este y Central (Bulgaria, Rumania, Albania e incluso Hungría) se observan fenómenos similares a la restauración “putinista”.

La cuarta ola de la revolución democrática tuvo lugar en Suramérica a fines de los años ochenta, como consecuencia del descenso de los gobiernos militares, particularmente en el Cono Sur.

Por último, la quinta ola de la revolución democrática es la que en estos días está ocurriendo en el mundo árabe. Y pese a que estamos sólo presenciando sus momentos iniciales, ya asoman algunas de sus características principales.

Una de ellas es que no se trata de revoluciones típicamente “clasistas”. Si bien fueron iniciadas por estudiantes y profesionales, han sido asumidas por sectores de “clase media”, por obreros y por campesinos. Esto es, se trata de auténticas revoluciones populares. Quizás por la misma razón no pueden ser clasificadas como de “izquierda” o de “derecha”. Al igual que todas las verdaderas revoluciones rompen los esquemas políticos en uso. Tampoco siguen la directriz de una oposición establecida. Por el contrario, esa oposición sometida a permanentes fraudes electorales, se ha visto obligada a ponerse detrás de un movimiento con el cual nunca contaron.

Ha sido dicho que se trata de revoluciones que sin Internet y teléfonos móviles no hubieran sido posibles. Ésa es una exageración. Cuando un pueblo comienza a comunicarse consigo, siempre encontrará medios apropiados para organizarse. En las primeras revoluciones fueron el periódico clandestino, el pasquín, el volante y el panfleto pegado en las paredes. Después hubieron revoluciones radiales. Las de Europa del Este fueron televisivas. Las de ahora son, naturalmente, digitales. Lo importante es que siempre han sido mayoritarias y multitudinarias y, mientras más lo son, menor ha sido su grado de violencia. Hecho muy interesante.

La característica más decisiva de las revoluciones árabes reside, sin embargo, en que ellas representan una “tercera fuerza”. ¿Qué quiero decir con eso? Algo ya evidente: ellas están situadas más allá de esa contradicción que aparecía como fundamental, contradicción representada en la falsa alternativa: “o dictadura militar o dictadura islamista”. Los propios dictadores se encargaban de divulgar esa falsa alternativa como si fuera la única posible. Gracias a ella, chantajeaban al gobierno de los EE UU y a los gobiernos europeos. “O nos apoyan, o la gente que sigue a Bin Laden se tomará el poder.”

Todavía hay escépticos que piensan que después de la revolución democrática los islamistas llegarán al poder en los países árabes. En el fondo siguen el prejuicio, en cierto modo racista, de que los pueblos árabes y musulmanes están incapacitados para el ejercicio de la democracia. El trauma de la “revolución de los Ayatolah” todavía persigue a muchos políticos occidentales. Pero la diferencia es muy grande, y hay que considerarla.

Aparte de que en los países árabes no existe un clero islámico como en Irán, ninguna de las revoluciones que hoy tienen lugar asume formas religiosas. Ni siquiera son antimodernas, ni mucho menos antioccidentales, como desde el primer momento se presentó, sin tapujos, la revolución iraní (y hasta ahora no ha sido quemada ninguna bandera estadounidense; hecho inédito en la región). La población musulmana participa en el proceso revolucionario y es lógico, natural y necesario que así sea. Lo más probable es que el “Islam político” deberá tener representación en la reorganización de esos países, lugar que le corresponde históricamente. Entre los creyentes islámicos y quienes siguen el islamismo como ideología hay muchas diferencias.

El Occidente político, sobre todo el gobierno de los EE UU, está llamado a tender puentes hacia los nuevos escenarios políticos que surgirán de la revolución, sean cuales sean. Nunca hay que olvidar, en ese sentido, que democratización y pacificación son dos procesos que marchan casi siempre juntos. El antiguo ideal kantiano relativo a que en un orden mundial republicano no puede haber guerras, no ha perdido vigencia (Kant entendía por república algo muy parecido a lo que hoy se entiende bajo el concepto de “democracia institucional”).

Por lo menos sabemos que nunca, o casi nunca, ha habido guerra entre dos naciones democráticas. Luego, mientras más avanza la ola democrática, mayores serán las posibilidades de establecer relaciones, si no de paz, por lo menos de cierta convivencia, en esa tan compleja y tan importante región del mundo.

Al fin y al cabo, nunca las dictaduras serán garantía de paz. En ninguna parte.


Fuente: www.analitica.com, 2-2-11
fernando.mires@uni-oldenburg.de

martes, 1 de febrero de 2011

¿Qué sucede en Egipto?


por Oswaldo Barreto

Nada más parecido a sí mismo que Egipto en los comienzos de este undécimo año del XXI. Todos los rasgos de sus ciudades y campos seguramente lucían iguales a los que presentaba en los años anteriores, en los decenios pasados o en los pasados siglos. Esa identidad de Egipto consigo mismo la pude constatar cuando estuve por primera vez en El Cairo y en Alejandría. Llegué a esas ciudades (en calidad de traductor de Eduardo Gallegos Mancera, quien iba a solicitar de Nasser "solidaridad para con el pueblo de Venezuela en armas", Eduardo dixit), con el ánimo de encontrar lo que había en ellas de distinto al Egipto "protegido" por los ingleses, el de Lawrence de Arabia, o al que escrutara hasta en sus entrañas el otro Lawrence, Durrell, en su Cuarteto de Alejandría.

Y encontré ciertamente cosas nuevas: por un lado, ni trazas del cosmopolitismo que caracterizaba a sus ciudades (comunidades conformadas por griegos, judíos, franceses, ingleses y eslavos del sur, que no guetos de esas nacionalidades), y, por el otro, ciertos signos de industrialización y modernización que rompían con el pasado. Pero también eran evidentes no sólo la misma gente del pasado con sus burros, mulos y camellos en la ciudades y en el campo, los mismos "sirgadotes" que con sus cuerdas movían las barcazas a lo largo de los canales.

De Egipto, en una palabra, no se podía decir lo que con manifiesta nostalgia afirmara Quevedo de la antigua Roma: "sólo el Tíber quedó"; ni lo que dice la gente que como turista invade Atenas: nada que nos recuerde a los griegos. Y es que en Egipto uno encuentra presencia humana y no sólo de piedra de los tiempos de Ramsés o de Moisés o del Egipto preislámico.

Y del otro Egipto, el que conocemos como la nación de mayor peso cultural, diplomático y militar del Islam árabe, también nos encontramos con una constante identidad: todo cuanto en política sucede tiene que ver con el mundo exterior y con la obediencia del pueblo a sus jefes, que hacen la guerra o acuerdan la paz, establecen alianzas y firman tratados, sin tomar en cuenta al pueblo egipcio, siempre igual a sí mismo.


La sociedad egipcia se sacude

Y es en este contexto de identidad y permanencia que la sociedad egipcia se sacude y provoca una conmoción como no se ha dado en la historia de Egipto, ni de los países árabes, ni del mundo musulmán desde siglos, ni en ningún lugar del mundo en esta época. Después de siete días de revueltas espontáneas (apenas si se sugiere que la rebelión de los tunecinos ha podido servir de detonante), se anuncia para mañana huelga general y manifestación de un millón de personas en El Cairo para exigir la renuncia de Mubarak y el fin de su régimen. Y ya el país vive en estas condiciones: banca y bolsa de valores cerradas. La mayoría de los cajeros automáticos cerrados. Estaciones de servicio sin combustible. Tráfico ferroviario suspendido. Miles de soldados en la calle fraternizan con centenares de miles de manifestantes que vienen de todos los sectores sociales, políticos, religiosos.

De lo que viven los egipcios en estos momentos no sabemos nada. Una por una, las líneas de comunicación que conectan a Egipto con el siglo XXI han desaparecido. Twitter, Facebook y eventualente toda Internet han sido intervenidos. Pero, por agencias noticiosas y ediciones digitales de revistas como Newsweek o Le Nouvel Observateur, conocemos que "todo indica que se trata de manifestantes que parecen responder a un vasto movimiento sin liderazgo, sin agenda clara y sin proyecto alguno de cómo tomar el poder".

Sabemos que si el estallido de esta conmoción se puede considerar espontáneo, la continuidad y el fortalecimiento diario de la lucha se debe a factores que se han ido desarrollando en el seno de la sociedad desde tiempo atrás, especialmente la formación de grupos de internautas, entre los cuales destaca el Grupo 6 de Abril, constituido desde hace tres años.

Sabemos que El Baradei, el más destacado egipcio en la diplomacia y en el cumplimiento de misiones y tareas internacionales (hasta hace poco, jefe supremo de la Agencia Internacional de la Energía, donde se desempeñó de tan honesta, independiente y lúcida manera que le valió el Premio Nobel), sin que se haya atribuido ni le hayan endilgado responsabilidad o influencia alguna en el desencadenamiento de la masiva rebelión, luego de retornar a El Cairo con la voluntad de dirigir si es necesario el proceso de transición a un régimen democrático, se halla entre los que dirigen los combates de calle.

Sabemos que ninguna organización islámica, ni siquiera la más poderosa de estas organizaciones en Egipto, La Hermandad Musulmana, ha jugado papel alguno en el desencadenamiento y orientación de estas manifestaciones.


Qué va a pasar, es lo que inquieta

Pero, a pesar de que no hay país, ni partido ni experto que explique una hipótesis sobre lo que está sucediendo sobre el origen de esta conmoción árabe que comenzó en otro país árabe no petrolero, Túnez, no hay país, ni partido ni experto que no se sienta concernido por lo que acontece en estos momentos en Egipto.

Desde Estados Unidos que, por boca de Hillary Clinton, acaba de convocar a una urgente reunión en Washington de todos los embajadores y jefes de misión para una reunión ­inédita en la historia de la diplomacia americana­, consagrada a estudiar la situación que vive el mundo. Y, al lado de la única potencia que en los últimos tiempos ha podido determinar el rumbo de los asuntos en Medio Oriente, la Unión Europea vela por la suerte de quien fuera su aliado y, sobre todo, por lo que puede aparecer como su sucesor. Y qué decir, finalmente, de los gobernantes que, como Mubarak, han conducido a sus pueblos a un estado de "estancamiento económico y fragmentación social", mediante gobiernos que se burlan de la división de poderes" (El Baradei dixit).

Como conclusión de este sucinto comentario sobre lo que pasa en Egipto y las consecuencias que ese acaecer podía tener para el mundo entero, sólo caben, por ahora, las palabras de El Baradei para Newsweek: "En Occidente están convencidos de que la única alternativa posible en el mundo árabe son, por un lado, los regímenes autoritarios y, por el otro, los yijadistas (soldados de la guerra santa) islámicos. Escandalosa falsedad. Para hablar de Egipto señalemos que hay un amplio sector de la sociedad que está formado por gente laica, liberal, partidarios de la economía de mercado quienes, si se les da la oportunidad, pueden organizarse entre ellos con el fin de elegir un gobierno moderno y moderado".

Fuente: www.talcualdigital.com, 1-2-11
Fotos: Al Jazeera

Veinte años de Barton Fink


por Enrique Vila-Matas

Qué sensación más extraña, más olvidada. Y qué serenidad. Encuentro en el buzón, al regresar de noche a casa, dos cartas escritas a mano. Con sellos de muchos colores, sellos del extranjero. Parece que esté viajando en la máquina del tiempo. La carta de Londres es de una querida amiga, que me cuenta que ayer se acordó de que en los años cincuenta, cuando era niña, Abdul Karim Qasim derrocó y ejecutó al joven rey Faysal de Irak. Fue noticia importante para todo el mundo occidental, pero recuerda que se leyó como un suceso en un lugar lejano, algo que ocurría en la provincia. Ahora, en cambio, con esto de la globalización, todo parece ocurrir en el país donde lees el periódico.

Es un mensaje raro que leo bajo los efectos de la serena óptica que me han transmitido los sellos extranjeros, tan reñidos con la velocidad de la luz de Internet. La otra carta llega de Hollywood y es de un buenísimo amigo al que perdí de vista hace años y que ahora retorna del modo menos esperado. Viajar, me dice, siempre enseña el desarraigo, nos enseña a sentirnos extranjeros en el mundo, incluso en casa. Eso dice de golpe mi reaparecido amigo y lo dice desde un hotel de Sunset Boulevard muy cercano al parking que edificaron donde estuvo antes el Garden of Allah, el hotel de tantos guionistas en los años treinta y cuarenta.

Por si no lo sabía, en ese hotel Francis Scott Fitzgerald se escribió una carta a sí mismo. También me cuenta que el Garden of Allah parecía una aldea árabe, con sus palmeras y bungalows de estuco de dos plantas, que seguro habré visto en más de una película. Y sí. Me acuerdo enseguida del rey Faysal, pero también del apartamento de In a lonely place, de Nicholas Ray, donde Bogart era un guionista violento y malcarado. Pero sobre todo me acuerdo de los bungalows de guionistas hollywoodienses de Barton Fink, de los hermanos Coen. Era precisamente -tomo nota de la casualidad- la película que me había programado para esta noche, a modo de celebración de los veinte años y tres días de su estreno mundial. Un filme que, cuando lo vi, no me convenció nada, pero luego me he pasado toda la vida recordándolo. Ya se sabe, hay historias que narran algo mucho más profundo y complejo de lo que aparentemente nos relatan, y luego nos persiguen. Son historias que cuando terminan empiezan en nosotros.

Esta noche, en íntima celebración del cumpleaños de Barton Fink, revisaré el filme que más efectos secundarios me ha dejado. Lo recuerdo pensado para que el espectador ponga mucho de su parte y lo complete. Sucede en gran parte en un hotel que es tan infernal como las entrañas del Hollywood de los años cuarenta y cuenta en clave kafkiana la historia de cómo el arte literario de un joven guionista es destrozado por la industria. Nada nuevo bajo el sol, la historia de cada día, pero contada de manera infinita. Sátira severa contra Hollywood y su maquinaria comercial, contra sus productores ignorantes y sus empalagosos secretarios. En ella, en medio de una de las galerías de los bungalows de los guionistas, vemos surgir fantasmal la contrafigura de un William Faulkner ahogado en alcohol. Y recordamos que por esos parajes de palmeras y estuco anduvo también John Cheever, que fue implacable con ese mundo: "Siguen allí haciendo películas brillantes y originales. Pero mi sentimiento principal acerca de Hollywood es el suicidio".

Decido que las dos cartas me han llegado a modo de epílogo, como adosadas ambas al extraño final de Barton Fink que revisaré dentro de un momento. Ese final donde nunca llega a saberse qué contiene la misteriosa caja que John Turturro pasea por todas partes y que podría contener cualquier cosa, lo que queramos imaginar, tanto la cabeza de la amante de Faulkner, por ejemplo, como las dos cartas halladas esta noche en casa. Todo es posible cuando el cumpleaños es tan íntimo.



Fuente: www.elpais.com, 1-2-11

miércoles, 19 de enero de 2011

Ni a Stanley Kubrick le gustaba



por Toni García

Decía el escritor Tom Spanbauer que podía decirse todo de un hombre por la longitud de su sombra a la luz de la luna. Bajo esos parámetros Stanley Kubrick debía proyectar una sombra infinita: han pasado 42 años desde que firmara 2001: una odisea del espacio y aún seguimos hablando de ello, como si la cosa hubiera pasado ayer.

La última excusa han sido las declaraciones de Douglas Trumbull al presentar una proyección del filme en la última edición del festival de cine de Toronto. El supervisor de efectos especiales de 2001..., de 68 años, estaba mostrando fotos nunca vistas del rodaje a la audiencia cuando -como todos los buenos magos- decidió sacarse un as de la manga: "Warner Bros ha encontrado 17 minutos de metraje inédito de 2001... en uno de sus almacenes, en unas antiguas minas de sal en Kansas".

A más de uno se le quedó la cara descompuesta y el mundo virtual empezó a bullir, impulsado por las especulaciones de Trumbull, que afirmaba no tener ni idea de lo que Warner podría hacer con aquello, pero que insinuaba que una nueva edición de la película en formato doméstico estaba al caer.

Pronto se sucedieron habladurías de toda clase, desde la probabilidad de una nueva edición en 70 milímetros a estrenar en salas de todo el mundo hasta la aparición de un blu-ray con el metraje incorporado a modo de extra en el apartado de escenas adicionales. Sin embargo, todo se fue al garete tan pronto como los estudios de Burbank, poco amigos de las especulaciones, emitieron un comunicado en el que dejaban claro que ni película, ni blu-ray, ni nada de nada: "El metraje adicional de 2001... siempre ha estado en los archivos de Warner Bros. Cuando Stanley Kubrick decidió reducir en 17 minutos su película dejó muy claro que la versión corta era su montaje final. La película es como él quiso que fuera y Warner Home Video no tienen ningún plan para expandir o revisar la visión del señor Kubrick". Así se acallaban los rumores sobre un clásico de la ciencia ficción, y la película con la elipsis más famosa de la historia del cine: del hueso de un mono a una nave espacial.

Otro asunto: ¿es el metraje realmente inédito? Al parecer no, como mínimo para algunos. Roger Ebert, probablemente el crítico más famoso de Estados Unidos , decía recientemente al respecto en su blog: "Vi esta versión de la película en 1968 y creo que Kubrick hizo bien en cortarla y dejarla como está". Otros añadieron una nota folklórica al tema al recordar las reacciones de diversos espectadores en el estreno de esta edición del filme para familia y amigos, que acabó siendo una evasión en toda regla, con inacabables riadas humanas abandonando la sala sin mirar atrás. Uno de los que se dio a la fuga fue el actor Rock Hudson, que lo hizo profiriendo gritos y acordándose de la familia del director mientras clamaba en voz a grito: "¿Alguien puede explicarme qué demonios es esto?"

Finalmente, Kubrick decidió cortar una introducción musical, varios diálogos entre científicos al inicio del filme y multitud de secuencias aquí y allí (el resumen de las mismas puede encontrarse en varios libros sobre la película), adelgazando la película un total de 29 minutos, la media hora de la discordia que muchos cinéfilos matarían por ver, pero que Kubrick quiso enterrar para siempre.

El propio Trumbull, que fue quien arrojó la primera piedra, planeaba hacer un documental de proporciones épicas sobre el filme, que llevaba por título 2001: beyond the infinite (2001: más allá del infinito). Warner acogió el proyecto en su seno, pero por "extrañas, inexplicables razones" (según explicaba Trumbull en julio del año pasado en Northampton) decidió cancelarlo sin demasiadas explicaciones.

Sin embargo, el fan podría lamerse las heridas con la publicación de un volumen que recopilará una montaña de material inédito y que vendrá firmado por Trumbull en colaboración con el escritor estadounidense Dave Larson. Y es que Kubrick genera amor u odio (y a veces ambas cosas a un tiempo), pero no se le puede negar su capacidad para seguir alimentando las fantasías de los amantes del séptimo arte. No está mal para alguien que lleva 11 años muerto.


Su filmografía

- Flying Padre: an RKO-Pathe screenliner (1953). Corto

- Day of the flight (1953). Corto

- Fear and desire (1953)

- The seafarers (1953). Corto

- El beso del asesino (1955)

- Atraco perfecto (1956)

- Senderos de gloria (1957)

- Espartaco (1960)

- Lolita (1962)

- Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964)

- 2001: una odisea del espacio (1968)

- La naranja mecánica (1971)

- Barry Lyndon (1975)

- El resplandor (1980)

- La chaqueta metálica (1987)

- Eyes wide shut (1999)





Fuente: www.elpais.com, 17-1-11
Imagen Nº 1: Fotograma de 2001: una odisea del espacio.
Imagen Nº 2: Stanley Kubrick, en el centro, conversa con el actor Gary Lockwood durante el rodaje de 2001.
Imagen Nº 3: Trailer.

martes, 21 de diciembre de 2010

Yo me muero por ese tipo

El 4 de febrero de 1992, debía acudir a una entrevista de trabajo. A pesar de la asonada golpista y los partes televisivos, me dirigí bien temprano a la oficina de Chacao en donde me esperaría un viejo amigo. Por supuesto, no se presentó. Ni siquiera abrió la imprenta. Afuera, un grupo de obreros parecía ajeno a los graves eventos que horas antes acababan de sacudir al país. Aunque quizás era mejor sentarse y conversar, como hacían ellos. Y esperar. ¿Esperar qué? me pregunté. Podía encontrarme con mi novia en Petare, acompañada de sus hermanos, sus hijos y los vecinos instando al saqueo-reminiscencia de febrero de 1989. Aunque esto fuera jodedera y no alejara mi atención a las licras negras con que Mireyita saldría a recibirme e invitarme un café. Más allá de la sensación que deja un buen guayoyo, percibo que en el barrio la gente está tranquila. Por ello estimé que podía ir a mis labores en el periódico sin temor a más sobresaltos.

El mediodía nos concentró en intervenciones en el Congreso. David Morales Bello, Aristóbulo Iztúriz (a quien vi en la tele) y Rafael Caldera. Pero al culminar mi jornada, los comentarios que más suenan en la calle se ubican en palabras provenientes de otro recinto. Mediático también, aunque lejos del palacio legislativo. Al llegar a mi apartamento, la novia de mi compañero quiere montar un afiche de “ese tipo”. ¿Cuál tipo? El que se rindió, quien acaba de declarar. Para un descreído impenitente como yo, el que tu hermano te despierte en plena madrugada para comunicarte: “¡Tumbaron a Pérez!” sólo podía obtener como respuesta: “¡Qué bolas!” No porque comulgara con el régimen del Gocho, sino porque no pensaba que los militares se atrevieran a tanto. Al igual que mucha gente, no los creía capaces. A pesar del pitazo que recibí, meses atrás, por parte de un civil involucrado con el MBR-200, quien me citó para sumarme al movimiento. La cuestión es que mis tendencias preanarquistas me inhiben de simpatizar con un esquema castrense, ya se trate de su visión del poder o de la desfachatez con que más de uno exhibe su panza bajo las charreteras. Monopolio de la violencia, firrrrrr.

Pero muchos de mis coterráneos piensan distinto. No hay nada como darle un palazo a la lámpara, es lo que siempre han dicho, no sólo para justificar a Pérez Jiménez, sino también a Franco, a Pinochet y a Perón, entre muchos otros. En Venezuela: el Porteñazo y el Carupanazo, dos secuelas del maridaje de la extrema izquierda con las balas del Ejército (porque todo se reduce a eso: a las armas). Cómo les gusta una gorra a algunos buhoneros que conozco, así como a profesores, diyéis y reinas de belleza, como aquella hija de un alto oficial que confesó a Nelson Hippolyte su amor por la música de Shakespeare. O como la historiadora que lamentaba el fracaso de "un hijo del pueblo, como siempre”, en nada menos que un alzamiento militar. Para la inmensa mayoría de venezolanos, la intentona matutina fue nuestra primera experiencia al respecto y el ambiente que siguió no fue de celebración, pero tampoco nadie salió, excepto y obviamente la milicia fiel, en defensa de la “Constitución”. Por eso, cuando el jefe golpista pide a sus aliados que depongan su actitud en un brevísimo discurso –signo inequívoco de la derrota que lo llevará a la cárcel de Yare, antes de ser sobreseído dentro de unos años–, no sólo convenció a medio país de ser el "primero" en asumir su responsabilidad. Además, con ello logró que muchos reconocieran en él al mesías prometido en el imaginario épico-militar-bolivariano, y para ellos su frase más famosa no fue sino el preámbulo al beso más anestesiante con que alguna vez los hayan seducido. Beso que me fue ajeno porque, más allá de mi animadversión, no vi la transmisión en directo.

El video de la rendición es harto conocido, y con todo me sigue pareciendo la mejor pieza oratoria del teniente coronel. Sucinto, conciso y “macizo”, como dirían por ahí. Pero al cabo de doce años de cansancio y luego de que tanto la chica del “afiche” como su familia pasaran a engrosar la larga lista de excluidos de Pdvsa –su novio, convertido en esposo, participó en el paro de 2002–, creo que también puedo seguir jactándome de haber sido el último en conocer la capitulación televisada. La imagen de la ahora madre de dos adolescentes me lleva a recordar una cuña de la Fundación Daniela Chappard, en donde una joven se refiere al hombre que conoció en una discoteca y a quien va asociando paulatinamente con el contagio de sida, al lado de un singular juego de palabras. Asimismo, no puedo olvidar el debut actoral de Courtney Love en el biopic de Milos Forman sobre Larry Flint, en el que la actual "conquista" del Comandante escenifica a la mujer del dueño y director de Hustler, devenida también en víctima del síndrome. Sin lugar a dudas, por ahora, mi amiga está muriéndose por ese tipo.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Chatarritas (V)/ Puente sobre el río San Julián


a Charles Bukowski






La lluvia embellecía sueños y aligeraba

los senderos infinitos del Ávila

a donde llegábamos en cada llamado de las nubes

sin importar los grises al ras del barranco,

a los que nos asomábamos borrachos de frío.

Cabía siempre debatir entre si

la montaña unía o separaba a Caracas del mar

sobre todo al mirar

desde la cima del hotel Humboldt.

Pero la lluvia no cesaba de empapar amantes

a la puerta de la fiesta

o turistas comiendo heladitos en Uria

o bailadores de San Juan

discutiendo con caraqueños

por el buche de ron o cañaclara

o bañistas desde playa Pantaleta hasta Los Cocos

que luego de la espuma salada

aceptaban piropos desafiantes a las novias

al abordar el rigor de regreso.

Una y otra vez un aguacero

movilizó graduandos desde los jardines

de la Universidad hasta la biblioteca

en más de un acto fallido.

Pero el perfil de una geografía melosa

nunca olvidó regalarnos poses impecables,

sobre todo cuando la tempestad

nos negaba la luna a la orilla del Atlántico

o cuando los cauces reclamaban

los manantiales olvidados

en las brumas del pico Naiguatá.


Agua capciosa


En la quebrada de Camurí aprendí a sacudir

bluyines contra las piedras lisas

convites de caricias

mientras la lluvia tomaba su ración de descanso.

Y cuando ella volvía

Titico no olvidaba bañarse desnudo

hasta la versión eléctrica

que nos obligaba a encerrarnos

en medio de Saga y Willie Colón

y los cachitos pa´huelé.


El barro conocía el Castillete de Reverón,

el Psiquiátrico de Anare y la Heladería Tomaselli.

Cerca desviaba el puente sobre San Julián

y una vez casi nos desborda

en uno de sus arranques

culpable de una caminata de diez kilómetros

y cinco días incomunicados.


La lluvia no me impidió descubrir la Enciclopedia Británica,

a Max Weber y la lectura veloz de Antonio Blay

en los insobornables mesones del campus

llenos de charlatanes y censura.

Sobraron oportunidades para resbalar en la vía hacia Galipán

mientras buscábamos las ruinas del doctor Kanoch

y los vecinos repetían: “Eso ya no existe”.


Pero aún faltaba el gran aullido,

el llanto del Ávila mezclado con sus baqueanos,

lamentos seniles, endechas de violadores y saqueadores,

la caída de todos los muros

y guijarros de tres pisos arrojados a 150 por hora

contra la Gata Borracha, Salsipuedes y el Hotel Miramar.


Barro de luto


Margaret no puede bailar con sus hijos en Uria,

Carmen vio volar los árboles en Naiguatá,

no encuentro el número de Ylenis

y de Arminda sólo la contestadora.


El alma mater yace bajo incertidumbres de lodo

que recobraron una fisonomía perdida

junto a nostalgias de tormentas

incapaces de arrasar

con el grupo de teatro Grieta,

el centro excursionista Huayra

(transmutado por el cine en Catia),

los discursos de graduación que intentaron

arrancar liendres

y el musgo para darle el aire cool al pesebre

del Centro de Estudiantes.


Mucho antes de mirarme en el listado de admisión

ya no era virgen

y admitía que las playas de Vargas

sólo despuntaban como reliquias vanas de weekend.

Pero más allá de un título y la lucidez

que sólo brinda el salitre por las tardes

un hombre afloró desde un fango de vivencias

moldeado por aguaceros que levantaron

quebradas hasta los tuétanos

en busca de inocencia

(hasta cuándo)

quizás a los ojos de Isabel en Macondo.


Ésta no es agua de luna

Ella apareció una semana después




J. M. Guilarte, de "El barbero loco" en Voces nuevas 2003-2004, Fundación Celarg: Caracas, 2004.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Los artistas no son gente distinta a los demás


por Rosa Montero

Me aburren profundamente los numerosos tópicos y malentendidos que se generan en torno a la figura del artista, y en concreto de los escritores, que es lo que me atañe más de cerca. Por un lado se supone que el escritor es un ser distinto y especial, una persona iluminada y sabia siempre acariciada por el aleteo fulgurante de las Musas. Esta idea ridículamente sublime del creador es el origen de muchas decepciones, como cuando un buen novelista resulta ser en persona un miserable (ocurre) o cuando se les pide a los literatos opiniones sobre cualquier cosa cual si fueran el oráculo de Delfos, y al abrir la boca dichos literatos empiezan a soltar mentecateces, porque nadie puede ser un experto al mismo tiempo en economía, sindicalismo agrario, rock progresivo, apicultura e incursiones bélicas, por poner un ejemplo.

Pero si por un lado existen todos estos tópicos rutilantes sobre los creadores, luego resulta que en la realidad a los autores se les trata como una basurilla. Como bufones de la sociedad, esclavos sin sueldo para el placer del público. Realmente no me explico cómo cuesta tantísimo entender que los derechos de autor son una cuestión de justicia elemental. La gente, cuando habla de cultura, se suele llenar la boca de grandes palabras, y al hacerlo habitualmente confunde el derecho al acceso a la cultura, con el que todos estamos de acuerdo, con la idea de cultura gratis, un concepto vidrioso que siempre acaban pagando los autores. Qué curioso que, en este mundo en el que todo se mide por lo económico, resulte tan difícil entender que las actividades creativas son un trabajo que también debe pagarse. A veces pienso que se fomenta esa idea ridícula del creador como ser especial justamente para despojarle de sus derechos laborales. Como si el sucio dinero manchara las níveas vestiduras de las Musas. Pero no nos parece que el dinero pervierta la vocación hipocrática de los médicos, por ejemplo (comprendemos que cobren). Y además, ya hemos dicho que las Musas no existen. Otro lugar común ampliamente extendido dicta que el artista ha de ser desgraciado hasta las cachas y que no puedes escribir nada medianamente bueno si no estás sufriendo como un perro. De hecho se suele mencionar una dicotomía totalmente falsa entre la vida y la obra, como si escoger la escritura fuera renunciar a vivir y meterse en un destino de anacoreta, cuando en realidad es justo al contrario, en realidad escribir es vivir, y hablo de una vida de primera calidad. Una buena vida, una actividad por lo general gratificante, incluso si eres un mal novelista.

Porque esa es otra de las confusiones: la gente piensa que sólo los buenos escritores son escritores, pero no es así, de la misma manera que también son abogados los malos abogados. Quiero decir que escribir es una forma de ser, una manera de vivir, pero también un oficio que se pule y se aprende y se desarrolla. Ser novelista, especialmente, es un trabajo modesto y fabril, una actividad tenaz de picapedrero. Las Musas no existen y la inspiración es un fogonazo del inconsciente que se suele conseguir con mucho esfuerzo. Como decía Picasso, que la inspiración te pille trabajando. Y también decía (Picasso fue una mina de citas célebres): "El arte es un 1% de inspiración y un 99% de perspiración". Aunque creo que esta última frase era originalmente de Edison y se refería a la invención. Los artistas, en fin, déjenme decir una obviedad, no son gente distinta a los demás.

Resulta que el 3,5% del PIB español viene de actividades relacionadas con la propiedad intelectual. Y de eso, el 1,21% procede del sector del libro. Quiero decir que es algo que mueve muchísimo dinero. ¿Y van a ser los primeros generadores de todo ese caudal quienes queden esquilmados? Cuando algunos piden la gratuidad de los contenidos culturales, ¿por qué ni se les ocurre exigir que sean gratis los bienes y servicios que te permiten llegar a esos contenidos? Es decir: queremos que la novela que nos descargamos no cueste ni un duro, pero pagamos religiosamente nuestros ordenadores, o la hora de enganche en un cibercafé. Las nuevas tecnologías posibilitan el acceso a los textos de muchas maneras: por el escaneo, con las fotocopias... Es simplemente elemental, un evidente derecho del autor, que se regule ese acceso, que se estipule un precio, unas licencias, una forma de respetar la propiedad intelectual. De la misma manera que se respeta cualquier otro trabajo. El derecho al acceso a la cultura nunca puede ser ejercido cabalgando en los riñones de los autores (normalmente magros, dicho sea de paso). Como es natural, los artistas quieren poder vivir de su oficio. Ya está dicho que son gente como los demás. También en eso.

http://www.elpais.com, 15-11-09