domingo, 18 de octubre de 2009

El miedo vinotinto al penalti



Cuando a Hernán Suárez se le inquiere el porqué de su afición por la selección brasileña de fútbol, la respuesta del publicista de Puerto Cabello fluye sin miramientos: “Porque son latinoamericanos”, una tesis que, por obvia, no deja de tener el mayor arraigo en mi país. Para el comerciante Javier Vargas, además, el asunto adquiere ribetes afectivos: “Es gente muy sencilla”, argumento también recurrente en el imaginario nacional. Incluso, en estos tiempos de integración económica, la consolidación de negocios entre Venezuela y Brasil a través de Mercosur (turbios o no) pudiera, asimismo, incrementar empatías entre quienes consideran al deporte como una especie de opio. Pero en opinión de Claudia Pellegrini, profesora de arte islámico, Argentina no sólo es latina también (además de miembro del bloque suramericano) sino que habla español y es bicampeona mundial, aparte de desplegar un estilo de juego tan envidiable que le permite clasificar, pese a Maradona y sus arrebatos, a la próxima fase de Suráfrica en 2010. Sin embargo, a la escuadra albiceleste le ha faltado algo más que la “simpatía” requerida por estos lares: el origen de la fervorosa admiración por la camiseta verdeamarilla parece remontarse a la Copa Mundial de 1970, celebrada en México, donde Brasil conformó una pléyade de superestrellas encabezadas por Edson Arantes do Nascimento (Pelé), cuyo desempeño ha sido probablemente el más sobresaliente de selección alguna en la historia de la disciplina, en el marco del primer torneo de su tipo en trasmitirse en vivo y directo, y ante la mirada nuestra e imberbe de quienes bebíamos embelezados de las hazañas de Tostao, Gordon Banks o Gerd Müller. Pudiera pues decir que mi generación fue muy afortunada al involucrar estos factores como parte de su primera experiencia futbolística, cuyo impacto se mantiene incólume en eventos como la Copa América de 2007, cuando Brasil logró el campeonato –de paso, derrotando a los australes– en medio de una entusiasta hinchada marabina.

Por ello, el camino del conjunto vinotinto hacia el reconocimiento internacional se hace cuesta arriba cuando la afición de sus amores tiene ante sí un dilema crucial: apoyar “como es debido” a la selección nacional implicaría terminar de una buena vez con el idilio brasileño –elixir al cual nos aferramos, entre otras razones, para lidiar con la eterna absentia venezolana en los mundiales de fútbol–, que provoca por igual caravanas de celebración en Caracas así como reacciones de desconcierto en otras latitudes. Pensando en esto último, recuerdo una entrevista concedida por Ronaldo a una estación de televisión durante el Mundial de Francia 1998, en la cual el ex delantero del Real Madrid confesaba no entender el delirio desatado por el “Scratch” en la venezolanidad. El resquemor que a muchos compatriotas produjo esta declaración obviaba circunstancias meramente futbolísticas que se repetían una y otra vez: todavía frescas las eliminatorias mundialistas de Suramérica, el mismo Ronaldo había participado en una escandalosa goleada ante la Vinotinto, en la misma Maracaibo. Imagino al jugador más valioso del Mundial de 2002 acudiendo a sus añoranzas televisivas y encontrándose muy niño con un enlatado producido por el canal suramericano RCTV, donde la heroína interpretada por Mayra Alejandra termina enamorándose de su violador: un convicto, confeso y finado Carlos Olivier.

Como lo evidenció nuevamente la culminada fase premundialista, los inocultables progresos del balompié nacional están todavía lejos de vislumbrar una oncena con reales visos de competitividad, aunque en honor a la verdad nuestra selección ya no pierde con los marcadores humillantes de ayer sino cae de manera más “decente” –de hecho, el empate como visitante en Brasil es inédito–, mientras logra dejar tras de sí en la tabla de clasificación a naciones con mayor tradición futbolística como Perú y Bolivia. Sin embargo, la ansiedad de estudiantes como Lucía Cárdenas –cuyos alaridos de euforia nocturna en Chacao constituyen un parte de guerra en cualquier transmisión televisiva de la FIFA– no hace sino reflejar las profundas carencias de un colectivo que se mira ausente, en las trincheras que pretenden sustituir la pasión bélica bajo el eufemismo de los “deportes de conjunto”. En este sentido pienso que la Vinotinto carece del arraigo atávico, la virtud genética, el contacto afiebrado con el “Dios redondo” que tan atinadamente retratara Juan Villoro. Lo trágico es que un buen sector de venezolanos sufre todo esto a pesar de contar también con su Dios, igualmente redondo, y de rendirle culto hace más de cien años. Como diría el esquizofrénico Josef Bloch, protagonista de El miedo del portero al penalty del austríaco Peter Handke, “Es un espectáculo muy cómico ver correr al portero de aquí para allá esperando la pelota, pero todavía sin ella”. ¿Será ésta la situación de los hinchas vernáculos, aficionados parias que confían su vocación de triunfo a otros, mientras su autoestima no se sacia con los logros de los mejores campocortos y lanzadores del mundo, nacidos en Venezuela? Pero éste ya es motivo para otro post.

2 comentarios:

  1. Es cierto que el fútbol nunca tendrá el arraigo que tiene el beisbol entre nosotros o en otros países americanos; sin embargo sí existe una tradición futbolística en nuestro país, aunque de menor perfil, y de doble acción: primero nuestra ubicación geográfica y segundo las inmigraciones europeas (o sea, lo que somos en conjunto). Reitero que estoy de acuerdo con el análisis de esta nota; yo me centro en la casuística del asunto: para mí la causa principal de que a la hora del penalti (a la hora de la chiquita) la selección se queda por fuera es la FVF y los dinosaurios que desde allí sellan una a una todas las derrotas de la Vinotinto.

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  2. El título de esta entrada habría estado perfecto para una crónica sobre la semifinal de 2011 ante Paraguay.

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